Colándome entre tus brazos y deslizándome entre tus lunares,
no le temo a la vida.
La mala suerte no existe, ni los martes trece, ni gatos
negros en un callejón oscuro.
Ya no existen los domingos grisáceos, cuando tus besos lo
convierten del color claro de cualquier amanecer una noche de verano.
Mis lunes son menos jodidos cuando
sé que estas aquí.
Mis complejos se acomodan en tu pecho y se duermen encima de
él.
Mis miedos se escapan por la ventana de la incertidumbre de
un futuro lejano, ya no le temo a lo que vendrá.
Disfruto de cada momento, de cada risa, de cada enfado y de
cada instante contigo gracias a lo que tú y yo sabemos, y nunca nadie
descubrirá.
Me siento libre, contigo y tú conmigo. Siento como el aire
me roza la cara y me susurra al oído que no tengo de que preocuparme. Es bonito
vivir una historia sin preocupación y sin desilusión.
Después de que la herida te haga gritar de dolor, esta
se cierra y cicatriza de la manera más
precisa. Vuelves a amar, y te sientes libre por primera vez. Y eso, es increíblemente precioso.