Desde el primer
momento que llegue al mundo, me enamoré. Piel con piel. Me dio un beso en la
frente con el mayor y verdadero amor del
mundo. Y me enamoré. Sentía que nadie me iba a querer mejor y que ningún héroe ni heroína iba a luchar
por mi como ella.
Los días pasaban y los años también, crecí con ella y ella
conmigo. Ese amor crecía más rápido que nosotras, a velocidad de un rayo y con
la mayor fuerza de todo el universo.
De enseñarme a hablar, a andar y demás paso a enseñarme a
vivir. A vivir y a dejar vivir.
A ser yo misma, sin que nadie me obligara a ser quien no soy
y mucho menos que nadie elija por mí. Me enseño paso por paso, a lo jodida que
es la vida y lo bonita que es.
Es esa persona con la que hablas a través de miradas
entendiendo todo de esa manera. Las palabras sobran, con esta persona especial
esas miradas gritan más fuerte que mil palabras.
Y sin darnos cuenta, ya llevamos 18 años juntas. 18 años
sonriendo, llorando, gritando, callando, amando, odiando y viviendo. Viviendo
bien. Con mil baches, unos más grandes que otros. Y aquí estamos, luchando las
dos contra todo. Nada ni nadie conseguirá hundirnos y mucho menos hundir lo nuestro.
Lo que nosotras sabemos.
Todas esas lecciones
de vida, siguen intactas y gracias a ella soy quien soy ahora. No hay mayor
amor que el de esta persona. Nunca tendremos a nadie mejor. Yo, por lo menos.
El primer, único y verdadero amor de mi vida eres tú. Te
quiero, mamá.
No hay comentarios:
Publicar un comentario